martes, junio 28, 2005
Setenta y dos horas seguidas frente al televisor. Los ojos fijos en la pantalla. Telenovelas, talkshows, películas y noticias. Sus ojos seguían fijos, pero su mente pensaba en las cosas más absurdas y perturbantes.
Encendió un cigarrillo; ya era la segunda cajetilla del día. No había podido pegar ni por un segundo los ojos. Las últimas doce horas habían sido las más desesperantes y el descanso no llegaba. Su cuerpo tibio respiraba sentado en el suelo, frente a esa caja parlanchina, su única compañía.
La habitación era pequeña y sencilla. Las paredes totalmente blancas, un colchón grande... el televisor. Era de noche y la hora de dormir no llegaba. Tenía la esperanza de que se repitan historias infantiles, de días mejores, cuando tenía con quien compartir aquel colchón, que ahora se veía tan infinito, tan innecesariamente ancho. Encendió un incienso para mejor el olor.
La habitación comenzó a apestar, ya no olía a nicotina ni a sahumerio, el cuarto se llenaba de un asqueroso olor a basura. No tardó mucho en percibir el cambio. Se levantó del sofá y sintió que lentamente sus pies se pegaban al suelo. Sus manos se empezaron a llenar de arrugas, mientras las piernas se le iban doblando poco a poco. Avanzó en cunclillas hasta el baño e intentó ponerse de pie. Se miró fijamente en el espejo. Sus ojos estaban inflamados, opacos, los labios blancos. La respiración era cada vez más entrecortada. Súbitamente se dejó caer en el frío mármol del baño. Ya no tenía miedo de morir...lo deseaba.
Dios miró y aceptó el holocausto y esa sangre fue germen fecundo de otros héroes que atónito el mundo vio en tu torno a millares surgir. ¡Salve Oh patria, mil veces Oh patria!,! Gloria a ti! ¡Gloria a ti, Gloria a tiiiii!!!
Setenta y dos horas seguidas sintonizándolos, viendo sus Telenovelas, talk shows y noticiarios; toda aquella programación que nos hace sentir orgullosamente ecuatorianos. Setenta y dos horas seguidas...
Encendió un cigarrillo; ya era la segunda cajetilla del día. No había podido pegar ni por un segundo los ojos. Las últimas doce horas habían sido las más desesperantes y el descanso no llegaba. Su cuerpo tibio respiraba sentado en el suelo, frente a esa caja parlanchina, su única compañía.
La habitación era pequeña y sencilla. Las paredes totalmente blancas, un colchón grande... el televisor. Era de noche y la hora de dormir no llegaba. Tenía la esperanza de que se repitan historias infantiles, de días mejores, cuando tenía con quien compartir aquel colchón, que ahora se veía tan infinito, tan innecesariamente ancho. Encendió un incienso para mejor el olor.
La habitación comenzó a apestar, ya no olía a nicotina ni a sahumerio, el cuarto se llenaba de un asqueroso olor a basura. No tardó mucho en percibir el cambio. Se levantó del sofá y sintió que lentamente sus pies se pegaban al suelo. Sus manos se empezaron a llenar de arrugas, mientras las piernas se le iban doblando poco a poco. Avanzó en cunclillas hasta el baño e intentó ponerse de pie. Se miró fijamente en el espejo. Sus ojos estaban inflamados, opacos, los labios blancos. La respiración era cada vez más entrecortada. Súbitamente se dejó caer en el frío mármol del baño. Ya no tenía miedo de morir...lo deseaba.
Dios miró y aceptó el holocausto y esa sangre fue germen fecundo de otros héroes que atónito el mundo vio en tu torno a millares surgir. ¡Salve Oh patria, mil veces Oh patria!,! Gloria a ti! ¡Gloria a ti, Gloria a tiiiii!!!
Setenta y dos horas seguidas sintonizándolos, viendo sus Telenovelas, talk shows y noticiarios; toda aquella programación que nos hace sentir orgullosamente ecuatorianos. Setenta y dos horas seguidas...