miércoles, septiembre 27, 2006

Llevo dos días con insomnio. Una ansiedad indescriptible se aferró a mi cerebro, hasta convertirse en torpes y acelerados latidos. Las horas en la madrugada parecen ser mucho más largas. Mi ventana da hacia otra pared, lo que significa que nunca he sido capaz de observar un paisaje desde este refugio. Veintetrés años viendo lo mismo.
Una ventaja es que si elevo la cabeza, mis ojos se topan de inmediato con las enredaderas que adornan la eterna fortaleza que desde aquí se vislumbra a medias. Vivo en algo que se parece a un castillo, no por su tamaño, sino por la arquitectura. Como en los cuentos de hadas y dragones, las paredes estan hechas con pequeños y finos ladrillos de irregular acabado. Por fuera, la apariencia es distinta. Algunos la llaman Alcatraz.
Prefiero imaginar que esto es un castillo a una una cárcel de máxima seguridad. Un amigo se creyó lo del catillo también y escribió para mí un hermoso poema que la describe así.
Por las noches no escucho más las voces extranjeras de mis vecinos, eso me da una sensación de soledad más profunda. Parece mentira, pero los acentos foraneos dan la esperanza de que, si bien el mundo es mínimo, todavía hay lugares infinitamente desconocidos por todos y dignos de ser visitados.
La radio con mensajes católicos de mi abuelita son la peor tortura china jamas imaginada. Ella suele estar en ruinas como esta casa. Y no lo digo con tono malvado, pero ya a esa edad, la capacidad de distinguir si lo que oye es misa católica o sermones chiflados de "Pare de Sufir", se ecuentra donde estar...en el olvido. Despacio, entro al cuarto y bajo el volumen de la radio de "su papito". Regreso sin zapatos a mi cuarto con el temor de pisar algún animal de extraña contextura o relleno. Y En mi intento de consiliar el sueño, por vigésima vez, me topo con una lagartija en el tumbado. Y la envidio. La envidio porque ella puede caminar como le da la gana, burlar la gravedad, aunque sé que toda ese burla se la debe a sus adheribles patas. Ya estoy acostumbrada a las lagartijas en verano...y a los grillos en invierno. La última vez hice un pacto con los grillos "Si ustedes respetan mi cama y evitan bricarme encima, juro que nos los mataré". Parece mentira, pero el equilirbrio ecológico se puede dar de la forma más disparatada. Los mismo pasó con una cucaraha que alcancé a ver el otro día por mi closet. A ella si preferí sacarla al patio, pero para que muera en manos o, mejor dicho, pies de otros...cualquiera de estas puede ser Gregorio Samsa y, eso sí, sería un crímen.
Pero en las noches de insomnio las conversaciones monológicas se me hacen infinitas. Que si el intertexto es la demostración más clara de que la verdad existe, que si el sueño es un escape hacia la tan obviada realidad.
Y sin embargo, la noche es tan hermosa, con aquel cielo negrísimo y eterno que me convierte en un solitario principito, divagando en medio de cursilerías sin sentido; abrazada por el viento cálido y gélido de la noche guayaquileña, que como ojos arbitrarios me hace danzar a su ritmo.
Y es aquí cuando aparece el crítico voyeur, que con juicios de valor me provoca desmayos de incriticable embriaguez....otredades, cuentos, y risas....
Una ventaja es que si elevo la cabeza, mis ojos se topan de inmediato con las enredaderas que adornan la eterna fortaleza que desde aquí se vislumbra a medias. Vivo en algo que se parece a un castillo, no por su tamaño, sino por la arquitectura. Como en los cuentos de hadas y dragones, las paredes estan hechas con pequeños y finos ladrillos de irregular acabado. Por fuera, la apariencia es distinta. Algunos la llaman Alcatraz.
Prefiero imaginar que esto es un castillo a una una cárcel de máxima seguridad. Un amigo se creyó lo del catillo también y escribió para mí un hermoso poema que la describe así.
Por las noches no escucho más las voces extranjeras de mis vecinos, eso me da una sensación de soledad más profunda. Parece mentira, pero los acentos foraneos dan la esperanza de que, si bien el mundo es mínimo, todavía hay lugares infinitamente desconocidos por todos y dignos de ser visitados.
La radio con mensajes católicos de mi abuelita son la peor tortura china jamas imaginada. Ella suele estar en ruinas como esta casa. Y no lo digo con tono malvado, pero ya a esa edad, la capacidad de distinguir si lo que oye es misa católica o sermones chiflados de "Pare de Sufir", se ecuentra donde estar...en el olvido. Despacio, entro al cuarto y bajo el volumen de la radio de "su papito". Regreso sin zapatos a mi cuarto con el temor de pisar algún animal de extraña contextura o relleno. Y En mi intento de consiliar el sueño, por vigésima vez, me topo con una lagartija en el tumbado. Y la envidio. La envidio porque ella puede caminar como le da la gana, burlar la gravedad, aunque sé que toda ese burla se la debe a sus adheribles patas. Ya estoy acostumbrada a las lagartijas en verano...y a los grillos en invierno. La última vez hice un pacto con los grillos "Si ustedes respetan mi cama y evitan bricarme encima, juro que nos los mataré". Parece mentira, pero el equilirbrio ecológico se puede dar de la forma más disparatada. Los mismo pasó con una cucaraha que alcancé a ver el otro día por mi closet. A ella si preferí sacarla al patio, pero para que muera en manos o, mejor dicho, pies de otros...cualquiera de estas puede ser Gregorio Samsa y, eso sí, sería un crímen.
Pero en las noches de insomnio las conversaciones monológicas se me hacen infinitas. Que si el intertexto es la demostración más clara de que la verdad existe, que si el sueño es un escape hacia la tan obviada realidad.
Y sin embargo, la noche es tan hermosa, con aquel cielo negrísimo y eterno que me convierte en un solitario principito, divagando en medio de cursilerías sin sentido; abrazada por el viento cálido y gélido de la noche guayaquileña, que como ojos arbitrarios me hace danzar a su ritmo.
Y es aquí cuando aparece el crítico voyeur, que con juicios de valor me provoca desmayos de incriticable embriaguez....otredades, cuentos, y risas....