miércoles, octubre 11, 2006
Reabro un libro de Soledad Puértolas, con el mismo nombre de este post. Ejercito mi memoria hasta recordar por donde iba más o menos la historia, cuando la dejé a medio leer hace unos meses.
Dos hijos. Ambos artistas. El mayor, escritor; el menor, músico. Un padre dramaturgo, que alcanza la fama ya muerto (como tantos). Una madre desencantada, débil e introspectiva. Un pasado turbio, aparentemente, sin mayores acontencimientos graves o acusatorios. La historia de lo que debió ser y no fue. La mentira o más bien, la omición heredada y escondida.
Un gran amigo me hablaba el otro día de la repetición. Y cuando leo esa historia, lo comprendo. Decía que mis textos padecían de exagerado desencanto y que la cosa es ya repetida por muchos. ¿Qué si soy una desencantada? no lo sé. Mi amigo me repitió varias veces en la misma noche, que lo importante es mantener el encanto. Pero yo me pregunto si el encanto no es lo repetido también.
Posiblemente, yo sea nada más que la repetición encantada del pesismismo. O viceversa.
Lo implicito, lo que se sugiere es lo que dibuja sutilmente esta novela, donde (hasta ahora) se plantea al arte como lo necesatio y justo para vivir, a pesar de que implique sufrimiento. Lo valedero de lo cursi, la inmortalidad de los honesto. Con un toque práctico de donde se desprenden nociones artisticas aún más arraigadas. La ley del contraste.
La presentación a medias de los hechos, las máscaras hermosas y decoradas de los personajes.
A este amigo...que le puedo decir. El pesimismo no es cuestión de moda o repetición, es algo que se siente, que se plasma, casi sin conciencia. Especialmente, cuando decides dejar de lado la coherencia y te sometes a los dictados de una astuta secretaria, de la mente imparable, simplemente redactas lo que un cerebro parlanchín te ordena, para llegar a decir que sí...que todos mienten, que tú también mientes y que el encantamiento y el pesimismo nos pertenecen a medias, y que cualquier postura, en ese aspecto, sería una real mentira. Nada puede ser absoluto, las emociones son infinitas. Que el entorno, que la herencia, que la familia, que los genes, también se manifiestan en las letras. Que somos seres hermosamente únicos, pero asímismo parecidos y que esa dualidad se sale muchas veces de las manos. Que la angustia está siempre presente, que las palabras no alcanzan. La ignoracia limita la expesión, más no la expreciencia.
Y sí, yo también miento.
Por herencia.
Por la humanidad.
Por los siglos.
De los siglos.
Amén.
Dos hijos. Ambos artistas. El mayor, escritor; el menor, músico. Un padre dramaturgo, que alcanza la fama ya muerto (como tantos). Una madre desencantada, débil e introspectiva. Un pasado turbio, aparentemente, sin mayores acontencimientos graves o acusatorios. La historia de lo que debió ser y no fue. La mentira o más bien, la omición heredada y escondida.
Un gran amigo me hablaba el otro día de la repetición. Y cuando leo esa historia, lo comprendo. Decía que mis textos padecían de exagerado desencanto y que la cosa es ya repetida por muchos. ¿Qué si soy una desencantada? no lo sé. Mi amigo me repitió varias veces en la misma noche, que lo importante es mantener el encanto. Pero yo me pregunto si el encanto no es lo repetido también.
Posiblemente, yo sea nada más que la repetición encantada del pesismismo. O viceversa.
Lo implicito, lo que se sugiere es lo que dibuja sutilmente esta novela, donde (hasta ahora) se plantea al arte como lo necesatio y justo para vivir, a pesar de que implique sufrimiento. Lo valedero de lo cursi, la inmortalidad de los honesto. Con un toque práctico de donde se desprenden nociones artisticas aún más arraigadas. La ley del contraste.
La presentación a medias de los hechos, las máscaras hermosas y decoradas de los personajes.
A este amigo...que le puedo decir. El pesimismo no es cuestión de moda o repetición, es algo que se siente, que se plasma, casi sin conciencia. Especialmente, cuando decides dejar de lado la coherencia y te sometes a los dictados de una astuta secretaria, de la mente imparable, simplemente redactas lo que un cerebro parlanchín te ordena, para llegar a decir que sí...que todos mienten, que tú también mientes y que el encantamiento y el pesimismo nos pertenecen a medias, y que cualquier postura, en ese aspecto, sería una real mentira. Nada puede ser absoluto, las emociones son infinitas. Que el entorno, que la herencia, que la familia, que los genes, también se manifiestan en las letras. Que somos seres hermosamente únicos, pero asímismo parecidos y que esa dualidad se sale muchas veces de las manos. Que la angustia está siempre presente, que las palabras no alcanzan. La ignoracia limita la expesión, más no la expreciencia.
Y sí, yo también miento.
Por herencia.
Por la humanidad.
Por los siglos.
De los siglos.
Amén.