domingo, febrero 26, 2006



Playing the Angel

Bueno, yo sé que este no es un blog de música♪ (Es mio, igual) , pero sinceramente quiero recomendar el nuevo disco de esta banda inglesa, que supera a su anterior producción del 2001 EXCITER.
Desde mi punto de vista,Exciter, parecía ser la agonía del grupo. Dos HITS bailables (I Feel Loved, Dream On) y Shine, una canción muy Depeche, la única que vale realmente la pena escuchar. Breathe, un tema cantado por Martin Gore, cerebro de la banda, que particularmente me gustó, cosa que no creo que haya ocurrido con la mayor parte de las personas. Un aU2dado y cursi
¨When the Body Speaks¨... hacia pensar que DM había perdido no solo, su ¨chispa¨, sino su autenticidad. Rescatando el tema instrumental Easytiger, versión superada en los B-sides, por mucho. Exciter, en resumen, recopilaba 12 temas en total, de los que solo 5 mantenían, a medias, la calidad de la banda.
Playing the Angel, es la reivindicación de DM. Y como un ángel, literalmente, aparece en las vidas de los que disfrutamos de esta música.
Gahan (con su voz intacta) y un Martin Gore, que canta cada vez mejor, demostrando que es casi autosufciente (que cruel, pero es así, sin la voz de Gahan, DM no sería DM).
Temas como Suffer Well, John the Revelator, Precious (El HIT del disco, que está buenísimo) y I Want it All, canción escrita por David Gahan (de las tres que escribió para este CD) me hacen pensar que su disco solista Paper Monster, le sirvió de ejercicio, para volver a juntarse con una banda que sigue siendo protagónica, aunque cada vez menos influyente en la música contemporánea.
 
En este paraíso de Hadas y Demonios, se confundieron los disfraces…
C.

Y cada quien se puso el que más le gustó para la fiesta.
Guayaquil era aún una pequeña ciudad, estaremos hablando de unos cien mil habitantes, aproximadamente. No recuerdo si Clemente, me aclaró que para ese entonces Guayaquil, todavía no llevaba su romántico nombre, o si el motivo de la fiesta era el matrimonio del apuesto Guayas con la no muy agraciada, pero encantadora Quil.
Lo que recuerdo de esta historia, narrada en medio de canelazos y varios porros, es que la cifra de actores no sobrepasaba los cien mil.
En ese siglo (no me pregunten cuál, por favor) se acostumbraba a hacer de cualquier acontecimiento una gran fiesta. Sea este un nacimiento o un velorio, daba igual.
Yo, estaba sentada en las piernas de Clemente, quien me llevaba un par de años, pero parecía menor. A sus 22, ya se había acostado con unas 30 mujeres, todas mayores. Las drogas eran cuestión de todos los días para él; y los porros, obviamente, fueron idea suya. Yo nunca entendí como llegamos a ser tan amigos. Su mirada siempre me provocó miedo, pero él decía que jamás me pondría un dedo encima, no solo porque yo no le gustaba, sino porque le parecía patético que tuviera veinte años y aún siguiera siendo virgen. En el fondo, a mí también me parecía un poco vergonzoso, pero yo quería que sea con alguien especial, así como yo. Sutil.
En fin…esa noche todos estaban invitados a la fiesta. En el día no se hablaba de otra cosa. Las mujeres planchaban sus vestidos, algunas alistaban sus ligueros, para conquistar a algún caballero que les hiciera el favor de propasarse con ellas después.
El lujoso salón se comenzó a llenar; mientras el río, se movía despacio, con la fuerza del pequeño charco de agua sucia que era.
Para la media noche, toda la ciudad estaba presente, las personas contentas, bailaban, comían y se emborrachaban. Cada quien representaba el papel que más le gustaba durante esa noche. Era un circo de diablos, haciendo de ángeles, de hadas orgásmicas imitando a vagabundas y de perros siendo perros. Luces, estrellas. La fiesta estaba santificada.
“De repente”. Cuando Clemente dijo esa frase, me dio poco de miedo, por dos razones. La primera, sospechaba que la historia iba a tener un giro dramático, y mi experiencia o instinto me decían que algo malo les estaba por ocurrir durante esa noche, en ese siglo, a todas esas personas. La segunda, sentí la erección de Clemente en mi pierna derecha. Y noté en ese segundo, que cada vez se acercaba más a mi oído para, ahora, “susurrarme” la historia. Yo preferí ignorar los instintos masculinos de Clemente y continúe escuchando el cuento, que ya comenzaba a ponerse aburrido y predecible.
“De repente”, un incendio se empezó a apoderar del salón de fiesta. Gritos, gente corriendo de un lado al otro, repitiéndose una vez más aquella escena bíblica, que simboliza el exceso y severo castigo que se debe pagar por ello.
Sólo sobrevivieron cuatro niños. Quienes, de ancianos, y con autoridad de próceres, contaron que el pequeño charco se convirtió en un enorme río, de un tono entre azul y rojizo.
Convertida en ría, Guayas se volvió imponente, logrando transformar la ciudad en el más importante puerto del país. Y Guayaquil, se volvió muy salina y, sobretodo, muy húmeda.
Húmeda, como me levanté yo, al concluirse esta historia. Y húmedo, como quedó el cuerpo de Clemente, botado en aquella vereda del sur, con su lengua asquerosamente afuera, pegada en el pavimento, tan muerto, como siempre quiso.
Fue él, quien nunca me gustó a mí.