martes, mayo 20, 2008
A veces la vida me parece una completa pérdida de tiempo. Crees que una puerta resultará en una nueva dimensión borgiana y todo termina siendo una traición del inconciente (la misma), otra vez. Al menos, para nosotros los noveleros insaciables, esto es así.
Si yo pudiera escoger los personajes de un libro para compartir el resto de mis días en la "realidad" serían sin duda los del doctor Frankentein; humanos casi perfectos, casi no egoistas, casi divinos. Monstruosos también...pero aún así, honestos.
Cinco años me tomó darme cuenta de que el morbo de espectar mi propia vida no era la mejor forma de encontar esa dimensión idealizada, la que aunque doy por perdida, paradójicamente me mantiene expectante de la realidad.
Porque me niego a creer que tanta miseria en el panorama sea absoluta y que la solución es convertirnos en personajes de película en blanco y negro, en vulgares farsantes o en autores de libros de autoayuda, para poder sobrevivir en soledad (o sociedad).
Sin embargo, me he sumergido en las redes del internet, siendo una especie de seudo-anacoreta, para intentar fingir que formo parte de una comunidad...así sea virtual y a la que la miseria le calza a la perfección. No me voy a refererir a los cultos naricistas que casi siempre son las redes de amigos, porque sería desviar la intensión de este post, que alguna vez quise que sea distinto a lo que es.
Hace cinco años, yo era la misma que esta escribiendo hoy y eso puede resultar preocupante y hasta patético. Y una vez más, no me importa lo suficiente como para ponerme un disfraz de toleracia y seguir a las sectas que proliferan en la contemporaneidad, con tal de llevar una bandera que me identifique o redima. Yo también quise formar parte de una película en blanco y negro, pero jamás de un libro de auto-ayuda, cayendo en la contradicción de lo que acabo de criticar.
Salgo a la calle y reconozco en los rostros pedazos de Golem, de Frankenstein, de Prometeo y de Starosta (El Idiota), mientras todavía me queda el parque circular, que me recuerda siempre a Borges (aunque a veces, no quiera) y me da la ilusión de la dimensión anhelada, en la honesta esquina de mi casa. Cerca.
Conversar ahí con los pedazos de monstruos a solas, tomando Coca Cola o cafeina no es tan malo, después de todo.

Los grillos que llegaron sin el invierno para "discyokear" por la noche, son más poéticos que todas las películas en blanco y negro que he visto en mi vida, aunque apesten y me obliguen a no respirar.